
Cuarta película de Orson Welles, cuando tenía sólo 31 años. Desde el primer momento, percibimos que estamos ante un peliculón. Unos primeros minutos trepidantes, un blanco y negro impecable (qué sombras), unos magníficos encuadres y una trama prometedora: con los juicios de Nuremberg muy recientes, un inspector americano viaja por todo el mundo para encontrar a uno de los mayores criminales nazis en libertad. Así que nos preparamos para disfrutar de una gran película. Y no digo que no lo sea, pero a medida que avanza, vamos percibiendo lagunas, detalles que no encajan, diálogos que desentonan. Investigando un poco después, descubrí que esta fue una película de encargo y que Welles se propuso convertir un guión que sabía algo defectuoso en un gran film. El director lo pone todo de su parte y logra vestirlo de frac, aunque es inevitable percibir su origen humilde. Muy buena película de todas formas.
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